Ayer sábado fuimos a hacer bungee jumping con los perritos.

Lau y yo nos levantamos temprano, tipo a las seis de la mañana, ducha rápida, preparar todo para el viaje, y salimos con los perritos rumbo al puente de la gente de www.bungee.com, al sur del volcán St. Helens.

El viaje estuvo tranquilo, con Pucho hinchando hasta que lo ayudamos a parar, y fueron tres horas de autopista, seguidas de media hora más o menos de seguir instrucciones para atraversar Woodland y llegar al lugar.

Una vez llegados al lugar, estacionamos del auto, les calzamos los collares a los perros y salimos rumbo al puente privado que tienen. Ahí estaban tres de los empleados del lugar; uno de ellos, Abe, un ecuatoriano que había hecho bungee jumping en Mendoza Argentina! Mundo chico…

Tirarse fue algo muy raro. Te ponen dos arneses, uno para las piernas y otro para el pecho. Cuando es tu turno de tirarte, te ajustan los arneses y te enganchan unas cuerdas flexibles a los dos arneses, de forma que te queda todo enganchado.

Una vez atado, pasás sobre los rieles del puente y quedás sobre una pequeña plataforma del lado de afuera, y entonces es momento de saltar.

El momento de saltar es todo bastante confuso, porque por un lado tenés a la gente contándote “tres, dos, uno…”, y por otro lado tenés todos los instintos diciéndote que estás en peligro, con el corazón agitado y adrenalina por todos lados, y a la vez estás tratando de acordarte de cuando te explicaron cómo saltar “mirá para adelante, levantá los brazos, saltá lejos”… Y cuando saltás, sin pensarlo mucho, estás cayendo de repente, pero es raro porque la caída no para, seguís cayendo, hasta que las cuerdas te empiezan a frenar y después te tiran para arriba, y de repente estás yendo para arriba muy muy rápido y es una sensación distinta, hasta que se te acaba la fuerza y estás cayendo de nuevo… No hay forma de explicar la sensación, pero es muy, muy intenso.

Una vez que subís al puente después del salto, el corazón sigue palpitando a lo loco, y uno está con una alegría fenomenal de haberlo hecho.

El resto del día estuvo más tranquilo… Compramos agua y algunas barritas en una tienda en el camino, fuimos para el volcán pero había un camino cerrado, nos metimos por un camino menor que era de un único carril (pero doble mano), llegamos hasta que la nieve bloqueada el camino y después volvimos para Woodland. Almuerzo de comida mexicana por ahí, caminata con los perritos por el pueblo, y después de vuelta rumbo a casa, cansados y contentos.

Las fotos del evento las sacaba la hija del dueño, que estaba en un banquito de tres patas sentada en las vigas que corren por debajo del puente… Si todo sale bien, estarían llegando en un CD en un par de días.

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